Entre amenazas de ICE, la lucha de las madres buscadoras y la elitización del deporte, Emiliano Medina analiza el rostro más incómodo del Mundial de fútbol.
El 10 de noviembre del 2001, durante su partido homenaje en La Bombonera, Diego Armando Maradona se plantó frente a 58,000 personas y dijo una de las frases más importantes de la historia del deporte: “La pelota no se mancha”. No fue para menos. Los aficionados estaban frente a un hombre lleno de claroscuros: adicto, violento, golpeador, irreverente, políticamente incorrecto. “El Diego” fue un personaje incómodo, incluso para sí mismo. Esta misma frase tiene más sentido hoy que se inaugura el Mundial de fútbol: jamás se había visto tanta convulsión en esta región.
Estados Unidos amenaza a los extranjeros advirtiendo que la visa no garantiza el ingreso al país. Se mantiene el temor de que continúen las redadas de ICE en estadios mundialistas. El presidente de Estados Unidos le advierte a la selección de Irán que, por su “propia vida y seguridad”, es mejor no acudir a la justa mundialista, al grado de que la federación iraní ha preferido transferir su sede de concentración a Tijuana. Por desgracia, de este lado del río las condiciones no son mucho mejores: a pesar de que a los mexicanos nos gusta presumir de lo excelentes anfitriones que somos, el país atraviesa problemas internos sumamente delicados. Los más de 230 colectivos de madres buscadoras no descansan, mientras los muros de la Ciudad de México se adornan con el eslogan “la pelota vuelve a casa”. Las mismas calles se pintan con la leyenda “la ciudad de los migrantes” a pesar de que el Instituto Nacional de Migración se encarga de perseguirlos y deportarlos. El Mundial es incómodo y la realidad del país lo evidencia. Como si se tratase de una gran broma antes de que ruede la pelota.
Para colmo, el fútbol, aquel deporte que fue apropiado por las clases populares, que se vanagloriaba de su fácil acceso con una pelota y dos piedras que hacen de portería, se ha convertido en un deporte reservado para la élite. Una especie de Fórmula 1 en donde los mejores asientos incluyen un cóctel de bienvenida, estacionamiento, comida ilimitada y amenidades VIP. Será inaccesible incluso para el aficionado que dejaba todo atrás, a quien no le importaba vender el coche, empeñar el reloj o ahorrar durante años con tal de no perderse la fiesta del deporte. Aquel espectador ruidoso, disfrazado y adornado con la bandera de su país será desplazado por el hombre de negocios, el influencer y el funcionario de gobierno que puede darse el lujo de conseguir un palco y llevar a toda la familia. El ciclo parece haberse cumplido: el deporte que fue creado por los ricos y apropiado por los pobres hoy vuelve a estar solamente al alcance de las minorías.
De por sí es nefasto que para ver todos los partidos se tenga que pagar dinero extra en las plataformas de streaming. Parece, entonces, que la verdadera “fiesta del Mundial” estará en las plazas públicas con las grandes pantallas. Aun así, a pesar del contexto adverso local o de la brecha económica para estar en el estadio, el fútbol, como casi ningún deporte, tiene la capacidad de unir. De que las familias se junten con el pretexto del partido, o de que el extraño de al lado durante 90 minutos se convierta en un íntimo amigo. Es más, aun cuando el marcador termine 0-0, vendrá una larga sobremesa para platicar del certamen. Porque eso es el fútbol y eso es el Mundial. Que durante un tiempo lo más importante vuelva a ser lo menos. De que, a pesar del miedo, la amenaza y el despojo, la pelota no se mancha.
Emiliano Medina
Emiliano Medina, aspirante a maestro en Ciencia Política por el CIDE, frustrado director técnico de fútbol.
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